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Cómo la geología puede salvarnos de las catástrofes naturales

La racionalidad y la ciencia deben sustituir al pensamiento mágico en la percepción y gestión de las catástrofes naturales (terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones o deslizamientos de laderas). Es necesario un análisis riguroso del peligro que esos fenómenos comportan, buscando evitar la exposición espacial a los mismos y valorando con rigor la probabilidad de que ocurran. Para ello, es imprescindible la visión del tiempo profundo que la geología aporta: una visión realista, acorde con la dinámica de nuestro planeta, y que va más allá de la corta y frágil memoria humana.

En equilibrio
Con fama de predicador vehemente y persuasivo, el dominico San Vicente Ferrer era el gran ‘influencer’ en la España de comienzos del siglo XV. Se cuenta que, encontrándose en Alcañiz, pronunció un exaltado sermón aludiendo a un gran bloque de roca que se hallaba en precario equilibrio junto a la ermita de la Encarnación. Consiguió encoger el alma de sus ‘followers’ anunciando la proximidad del Juicio Final, y comparándola con el poco tiempo que, a todas luces, faltaba para que esa piedra cayese por la ladera.

En el Teruel de los años sesenta circulaba otra leyenda profética: que la ciudad sería un día destruida por una erupción volcánica. Aun compartiendo ambas leyendas un trasfondo de pensamiento mágico, hay una diferencia entre ellas: en Teruel no hay volcán alguno ni se le espera, mientras que en Alcañiz sí hay una gran piedra que algún día caerá por la ladera.

Restos de actividad volcánica reciente en Islandia
Vivir sin permiso en un planeta cambiante
Cumbre del Anayet, vista desde el falso Anayet. Al fondo se ven las capas rojas del Pérmico cortadas por el pitón volcánico. La excursionista está llegando a la cumbre del falso Anayet donde, intercalada en las capas rojas, hay una colada volcánica de las que emitió el pitón del Anayet
Riesgos geológicos en Aragón: sismos, inundaciones, dolinas…
El riesgo derivado de un fenómeno catastrófico es el producto de cuatro factores: peligro o probabilidad de que ocurra, exposición al mismo (en el espacio y en el tiempo), valor de aquello que queda expuesto (personas, bienes materiales) y vulnerabilidad.

Imaginemos que estamos caminando por un jardín, vemos que están regando y cavilamos para evitar mojarnos. Podríamos: hacer cálculos sobre cómo atravesar la zona regada esquivando los aspersores, teniendo en cuenta su velocidad del giro; cubrir nuestro traje con un impermeable; cambiar el traje por un chándal de estar por casa: poco se perdería si se mojase. Pero seguramente apliquemos el sentido común, demos un pequeño rodeo y evitemos la zona que observamos que cubren los aspersores.

De las distintas estrategias posibles (esquivar el peligro, reducir la vulnerabilidad o el valor de los bienes, evitar la exposición espacial), la más sensata suele ser esta última. Es justo lo que no se hizo en el camping Las Nieves de Biescas, donde en agosto de 1996 una violenta arroyada se llevó 87 vidas humanas. Haberlo construido fuera del cono de deyección del barranco de Arás las habría salvado.

Para evitar la exposición espacial, la geología interpreta el registro dejado por esos fenómenos catastróficos en el pasado. Ese registro, en forma de rocas, fósiles, estructuras tectónicas o formas del relieve, constituye la memoria de la Tierra, que va mucho más allá de la breve y frágil memoria humana. En el caso de Biescas, el edificio sedimentario que el barranco ha ido construyendo durante milenios, ese cono aluvial fácilmente reconocible en el paisaje, es el registro geológico de una catástrofe que se repite de tiempo en tiempo. Reconocerlo, cartografiarlo y adecuar los usos del territorio a esa realidad es la forma más eficaz de evitar el peligro de arroyadas.

Fenómenos impredecibles
Es inexorable que la piedra del fin del mundo de Alcañiz, como otras rocas en equilibrio crítico, un día acabe cayendo. La cuestión es cuándo. Hay fenómenos que pueden predecirse o anticiparse de forma que los sistemas de alerta temprana permitan la evacuación de la población (es decir, eviten su exposición temporal). Pero otros, como los terremotos, son impredecibles y sus efectos se extienden por territorios inabarcables. Nuestra mente se resiste a asimilar y valorar el peligro que se deriva de ellos. Entonces, a la ciencia solo le cabe hacer una aproximación probabilística, en el espacio y en el tiempo. Por ejemplo, elaborando mapas de intensidad sísmica máxima esperable en cada punto de un territorio en un periodo de retorno determinado. A partir de ellos, la prevención se sustenta en dos pilares: la ordenación del territorio –ajustar el valor personal, económico o estratégico de los bienes a la probabilidad del peligro– y las normas constructivas sismorresistentes –reducir la vulnerabilidad de los edificios en las zonas de peligro–.

Y es aquí donde de nuevo interviene la geología, y lo hace aportando una visión del tiempo profundo en que se enmarcan los fenómenos naturales, mucho más realista que la que nos proporciona nuestra corta memoria. El registro de los terremotos prehistóricos está en las fallas que los produjeron. Analizando las relaciones entre su desplazamiento y los sedimentos a los que afectan, se pueden identificar y datar pulsos de movimiento y, de esta forma, extender la ventana temporal de observación y comprender mejor las pautas temporales de los grandes seísmos.

¿Fallan las estrategias o perseveramos en la ignorancia?
El riesgo de una catástrofe como la del camping de Biescas no se valoró adecuadamente. La prevención se fió a la aparente seguridad que proporcionaba una obra de ingeniería civil, el encauzamiento artificial del barranco de Arás, y que se demostró falsa.

Otra estrategia, más sencilla, hubiese sido evitar la exposición. Era la que emanaba del sentido común y del conocimiento científico, como bien habían señalado el ecólogo Pedro Montserrat y los funcionarios Emilio Pérez Bujarrabal y Francisco Ayala, que redactaron informes negativos sobre la ubicación del camping en el gran cono de deyección del barranco de Arás. En episodios de crecida, la corriente torrencial confinada pierde bruscamente su energía al llegar al valle del Gállego y descarga la tierra y piedras que arrastra. Aquel día movió bloques de hasta 10 toneladas.

El cono aluvial constituye el registro geológico de una catástrofe que se produce de forma recurrente, y debería haber sido delimitado y excluido de cualquier asentamiento urbano o turístico. No es cierto, como se publicó en la prensa y se argumentó en el proceso judicial, que riadas similares en esa zona solo suceden cada miles de años. En realidad, en 1913 y 1929 habían ocurrido sendas avenidas, una de ellas con una víctima mortal. Un discurso que se empeñe en negar esa evidencia no es racionalidad, es pensamiento mágico.

Dolinas
Otro fenómeno que se conoce bien en Aragón son las dolinas o simas. Se producen por el hundimiento del terreno sobre huecos originados por la disolución de yesos en el subsuelo. El fenómeno se manifiesta en el registro geológico en forma de ‘paleodolinas’ (concavidades rellenas de sedimentos o de material colapsado cuyas secciones vemos en muchos taludes naturales y artificiales), y continúa activo en la actualidad. Desde que en las décadas de los sesenta y setenta se produjo la expansión urbana de Zaragoza, muchas de esas dolinas fueron cubiertas de escombros para construir sobre ellas. La subsidencia del terreno continuó, ya que no hay medidas eficaces para evitarlo, y los daños que han producido desde entonces en áreas residenciales e industriales son cuantiosos.

Las zonas que se hunden son, en general, reconocibles. Hay evidencias en superficie, así como técnicas de auscultación del subsuelo mediante prospección geofísica (por ejemplo, georradar), que las delatan. Por tanto, puede evitarse la exposición de las edificaciones e infraestructuras a su impacto. Los geólogos hemos insistido en ello desde hace mucho tiempo, alertando sobre la inconveniencia de algunos planes urbanísticos o, allá por 2003, sobre el discutible trazado del corredor de entrada del AVE a Zaragoza. Ha habido coyunturas, eso sí, en que la Administración ha tenido en cuenta el conocimiento científico. El Ayuntamiento de la capital aragonesa encomendó en 1998 a un equipo de la Universidad de Zaragoza la elaboración de mapas de peligrosidad de dolinas activas en algunas áreas que el nuevo Plan de Ordenación Urbana calificaba como urbanizables. Se evitó así edificar en las zonas conflictivas y se asumió la necesidad de un protocolo de estudio que, en general, han seguido los geólogos consultores, arquitectos y empresas constructoras.
¿Tiene riesgo sísmico el nuevo hospital de Teruel?
En 2013 se suscitó un intenso debate científico, político y mediático sobre el riesgo de terremotos en el nuevo hospital público de Teruel. El emplazamiento elegido para construirlo está cercano a dos fallas tectónicas que han sido activas durante el Cuaternario y deben considerarse, por tanto, fuentes potenciales de terremotos. Nuestro equipo del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Zaragoza había estudiado en detalle una de ellas, la falla de Concud, y había reconstruido su historial de grandes seísmos en los últimos 70.000 años. Se valoró en 6,6 a 6,8 la magnitud del terremoto máximo que podría producir, y se estimó en un 0,5 a 5% la probabilidad de que uno así ocurriese en el próximo siglo.

Nos parecieron argumentos suficientes para enviar un mensaje de alerta al Salud, sugiriéndole que en el proyecto del hospital se aplicase la Norma de Construcción Sismorresistente. A pesar de que no había obligación legal para ello, por tener asignada la ciudad un peligro sísmico ‘oficial’ irrelevante, nuestros resultados sugerían que el edificio debía ser diseñado para resistir, al menos, un seísmo de magnitud 5,3 (valor esperable en los próximos 500 años y similar al del terremoto de Lorca de 2011).

Tras contrastar esos resultados con informes de otros organismos (Instituto Geográfico Nacional e Instituto Geológico y Minero de España), el Gobierno de Aragón decidió modificar el proyecto para adecuarlo a ese nivel de peligro.

José Luis Simón Gómez catedrático del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Zaragoza. Premio Aragón Medio Ambiente 2022

Fuente: Tercer Milenio. Heraldo de Aragón

 

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