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Grullas, puestas de sol e historia local para redescubrir La Sotonera

La Alberca de Alboré está ligada, desde siempre, a las grullas que la visitan en sus viajes migratorios del norte al sur de Europa (noviembre), pero sobre todo en el regreso desde la Península Ibérica al norte (febrero). Si siempre es magnético ver el espectáculo aéreo que dibuja su vuelo en grupo en forma de uve, como reconocible es el sonido de su graznar, la experiencia puede resultar aún más grata si se añaden nuevos alicientes que ponen en valor los atractivos naturales y patrimoniales del entorno del embalse de La Sotonera.

Eso es lo que pensaron los ayuntamientos de Alcalá de Gurrea y Lupiñén-Ortilla, que este otoño han puesto en marcha sendas actividades de la mano de Huesca naturaleza y Pablo Vallés, naturalista, educador ambiental y gran conocedor de La Sotonera y de las grullas. Los sábados (finaliza el próximo día 23), Vallés ha guiado las visitas a la colonia de Tormos, que concluyen a orillas del embalse para disfrutar de sus maravillosos atardeceres; mientras que los domingos (hoy es el último) se han dedicado a conocer la naturaleza, historia y ecosistemas de la alberca de Alboré y a observar la llegada de las grullas al dormidero. Es el momento del atardecer cuando cientos o miles de ejemplares aparecen en el cielo y aterrizan sobre la lámina de agua ofreciendo una imagen cautivadora. Allí, metidas en el agua para estar a salvo de sus predadores, pasan la noche.

Pablo Vallés apunta que la alberca siempre ha sido “importantísima” en la migración pre-nupcial (el viaje de regreso al norte de Europa), que es cuando pueden verse sobrevolando Huesca. Es en este viaje cuando Alboré se convierte en un lugar de descanso fundamental para que las grullas afronten con fuerzas el tramo de viaje más duro que supone atravesar el Pirineo, que les obliga a elevar el vuelo a más de 3.000 metros de altura. Toman esta ruta para regresar al norte, mientras que para bajar al sur lo hacen por Navarra (así llevan el viento a su favor).

Este viaje de bajada, el postnupcial, ha tenido siempre como destinos principales zonas como Gallocanta o Extremadura, pero en los últimos años, la alberca de Alboré es otro destacable lugar de invernada para las grullas. Explica Pablo Vallés que el cambio de los usos agrícolas está detrás de ello. “Antiguamente aquí no había alimento y se bajaban a Extremadura a comer bellota”, comenta, y añade que “ahora hay grupos de familias de grullas que deciden pasar el invierno aquí porque hay alimentos que antes no había: los rastrojos de maíz, los arrozales y la siembra directa que les permite comer el grano al quedar cerca de la superficie”. Otra tendencia es que la migración de otoño cada año se va retrasando un poco por las condiciones meteorológicas y por la existencia de alimento en el norte.

El récord de grullas contabilizadas en un solo día en la alberca de Alboré ha sido de 82.000 ejemplares, hace unos años, en su viaje hacia el norte. Y en 2022, recuerda, un día hubo 30.000. Si por el viento no pueden cruzar el Pirineo se quedan retenidas en Alboré más de un día, al mismo tiempo que siguen entrando otras procedentes del sur.

Por último, y a la pregunta de por qué las grullas atraen la atención de la gente, Vallés lo tiene claro: su presencia anuncia cambio de estación y al ser las aves “más sociables” y agruparse en familia, son las que más se parecen a los humanos, “sin ser conscientes de ello”.

Fuente: Diario del Altoaragón. María José Lacasta. Fotografía de Iván Antolín

 

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